Esa melena verde que enmarca un rostro hueco
dibuja, de repente, semblantes de la infancia,
tal vez sean espejos que el agua en su constancia
eterniza entre voces perdidas como un eco.
El manantial murmura que nunca estará seco
renovando su ciclo sin tiempo ni distancia,
al reflejar las vidas que en cada circunstancia
surgen desde las piedras por algún recoveco.
Son mi madre y mi hermana que animan el vacío,
o aquella amiga alegre que partió tan temprano,
entre aquellas montañas que transparenta el río.
Y con cada retrato brota un árbol lozano
fragante y luminoso como el recuerdo mío
por hermeticos juegos del corazón humano.