Cuando la luna baja hasta
mi alero
un reflejo de luz en la
ventana
que el suave viento de las confidencias acaricia las tejas.
Y se asoma radiante
en la bohardilla
el cáliz de oro y raso que ofrece una alamanda
para la chispa azul de las luciérnagas,
la lluvia ultravioleta que dispersa
el gran jacarandá de
las colinas,
la senda vainillada
de algún escarabajo vagabundo
sobre la arena tibia
del estío,
y el soleado torrente de los rubios jaguares en la fronda.
Entonces, canta el viento en su camino por el
cielo
y sopla mil escalas de sones escondidos
sobre la caja silenciosa que la luna
difunde en el concierto melodioso del espacio,
proyectando los íconos más gratos
en esferas de seda o cornetas de organza
que el biombo de su rostro va estrenando a su capricho
en la relampagueante noche de mi alero,
para entonarme a mí
también junto a ella
con el latido unánime del mundo
en la cifra orquestal del universo.